Feliz de que existes

He dejado de asistir a terapia con la sicóloga. La verdad no sabía cómo iniciar este escrito, pero ya que en diversas ocasiones he hablado de mi proceso, me pareció conveniente empezar por ahí. La última vez fue hace casi dos meses cuando me preparaba para un viaje y por razones que alcanzan para llenar otro post, me invadió una angustia existencial pre-viaje que requirió de asesoría urgente antes de que me vetaran en Delta por salir corriendo en medio del abordaje gritando que hay alguien que solo yo puedo ver en la parte de atrás del avión. Aunque siendo completamente honestos, no fue el miedo a volar lo que me llevó a buscar a mi sicóloga de nuevo, es algo distinto y complicado de explicar (por ahora).

Menciono lo de la terapia porque recuerdo que siempre bromeábamos sobre cómo podría convertir mis traumas en charlas TED o shows de comedia stand up. A ella le parecía muy gracioso que yo le sacara chiste a los eventos más oscuros de mi vida, lo cual no es lo mismo que verle el lado positivo a las cosas, no señor, una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Yo a nada le veo el lado positivo. Jamás.

Bueno si, a veces, especialmente después del viaje y de un montón de cosas buenas que pasaron este año. Pero hablando con ella de eso, o más bien, mientras ella admiraba mi capacidad para comunicar mis desgracias a través del humor, yo le dije que empezaba a sentir que cada vez me volvía más introvertida y que me estaba empezando a encerrar dentro de mi propia cabeza. Ya no era un asunto de tienes que salir y conocer gente, o de haz actividades al aire libre, búscate un curso de cerámica, no, ya era una cosa de sal de tu casa que estás enraizada como si fueras un árbol. Yo me defendía diciendo que estar en mi casa era mi lugar feliz porque trabajo en un restaurante y todo el día, todos los días, estoy hablando con gente e interactuando y es agotador, mucho más cuando el inglés no es mi idioma nativo y no solo tengo que ser bilingüe 24/7 sino carismáticamente bilingüe, porque soy la manager.

Fue entonces cuando comprendí que esa interacción y el desempeño normal de mi trabajo, nada tenía que ver con ese hueco en la tierra que he estado construyendo para meter mi cabeza y vivir ahí sin que nadie me moleste. Tienes que salir, tienes que conocer gente, repetía la sicóloga, mis amigos y hasta mi mamá, a quien no le gusta la gente, pero estoy tan sola y encerrada que hasta ella quiere que me junte con otras personas. Pero a mí me gusta estar sola, me gusta mi casa, los cuadros de mi pared, los regaños de mi gato… me gusta ese encierro, me gusta… ¿me gusta?

Hace unos días una amiga me invitó a una fiesta en su casa. Después de evaluar todas las opciones viables para negarme, me di cuenta de que le he dicho tantas veces que no, que esta vez era muy probable que dejara de hablarme y pues, no solo la aprecio mucho, sino que es una de las pocas amigas reales que tengo y sé que sus intenciones son las mejores. Llegué a su casa y en cuanto escuché la música en la entrada, el corazón trató de salírseme por la boca. Si había música, había baile; si hay baile, hay gente; si hay gente, tengo que saludar, porque soy introvertida, no odiosa, y la gente que la rodea, no me pregunten por qué, pero siempre tiene una vibra tan chévere que es imposible que te caigan mal. Por supuesto ya estaba ahí y tuve que entrar. No hice contacto visual, saludé de manera genérica y caminé rápido hasta la cocina donde me esperaba mi amiga. Me sudaban las manos, me estorbaba la ropa (no de una manera sensual, lastimosamente), me costaba enfocar la mirada y saludaba al que me saludara con un ademán que ni yo misma entendía, como si se me hubiera bajado el azúcar, como si estuviera en medio de un sueño lúcido, como si estuviera a punto de pedirle a mi amiga una pastilla de clonazepam para bajarle a esa angustia.

Pero a mí me gusta estar sola, me gusta mi casa, los cuadros de mi pared, los regaños de mi gato… me gusta ese encierro, me gusta… ¿me gusta?

Y por supuesto, como no había manera de ignorar mi presencia, cosa que hubiera preferido, porque además se me ocurrió ponerme una chaqueta amarilla hasta las rodillas, muy astuto de mi parte, mi amiga empezó a decirle a sus conocidos que yo era la famosa Erika, la escritora. El suelo bajo mis pies comenzó a temblar y empecé a reír torpemente como si me hubieran abierto la puerta del baño mientras me cambiaba de ropa. Yo sé, es muy poético decir que cuando escribo estoy desnudando mi alma y cuando me meto en la piel de la escritora soy más yo que nunca, todo eso es muy bonito y real hasta cierto punto. Pero en ese momento yo no supe qué hacer y tampoco sabía quién era. Me quedé viéndolos con ojos impávidos y ellos se quedaron mirándome, esperando la respuesta normal de un adulto funcional del que ya les habían hablado y que seguramente pensaron que era un ser humano como cualquiera, con sus funciones motoras y cognitivas reguladas, no ese manojo de angustia que no iba a una fiesta hace más de un año y no interactúa con gente más que en su trabajo, que en realidad es más una máscara o un personaje del que me disfrazo para ganarme un salario y poder comer.

Entonces, uno de los amigos de mi amiga entendió que yo era de quien tanto le habían hablado y a pesar de mi incapacidad temporal para hilar frases coherentes o actuar como alguien con capacidades sociales normales, fue muy amable y me dijo una frase que hasta el día de hoy sigue dándome vueltas en la cabeza y se instaló en un lugar agradable de mi mente, el mismo en donde reside la fe que me tiene mi mejor amigo o el recuerdo del pollito con hogao que me preparó mi otra mejor amiga cuando me vino a ver. El lugar donde están las cosas que me motivan. Me dijo “¡Van a estar felices de saber que existes!

Se refería por supuesto a un grupo que reúne escritores latinoamericanos y que busca promover su obra a través de encuentros y eventos varios (la verdad aún estoy tratando de entender de qué va todo el asunto), pero fue la frase lo que se me quedó clavado entre pecho y espalda: alguien está, o estará eventualmente, feliz de que existo, cuando ni siquiera yo estoy muy segura de estar feliz de existir. Es decir, ya hemos hablado del miedo a morir, de los motivos para vivir, de ansiedad y de no estar seguros de qué estamos haciendo con nuestras vidas, pero pensar que alguien está feliz porque uno existe es una idea tan bonita e infravalorada, que me dio incluso motivación suficiente para llegar hasta aquí con este texto.

Días después hablé con mi amiga y le comenté sobre las reacciones extrañas de mi cuerpo ese día. Me dijo que lo notó pero que lo importante era que yo lo estuviera verbalizando. Que estaba bien, y que esa gente genuinamente quería conocerme.

Ahora hay mucho trabajo por hacer. Sigue gustándome mi casa, pero sé que esas cuatro pareces pueden ser muy demandantes. Quiero saber más sobre ese proyecto y sería genial volver a esa época en la que leía mis escritos en un auditorio y no me daba vergüenza ni mucho menos angustia. Hablaré con la sicóloga, asistiré a más fiestas y no sé, supongo que un día ustedes me verán en un escenario, bien sea diciéndoles en una charla TED cómo vivir sus vidas en modo coach, o riéndonos de mis traumas en un show de stand up.

Lo segundo, sí, es lo más seguro.